Este
sábado fue para mí, y creo que también hablo por todos los que estuvieron presentes cuando digo que fue la peor
experiencia que hemos tenido desde que comenzaron las clases en Llanavilla. Desde la
semana pasada estuve esperando con ansias a que llegue el sábado para poder
enmendar mi error de no haber participado en la organización de las clases del
sábado pasado. Era un sábado tranquilo, normal y luego de almorzar fuimos a
esperar al bus para poder ir a las clases en Llanavilla.
Estaba
un poco relajada porque solo íbamos a tomar una práctica a los niños, y con mis
amigos estábamos esperando la llegada
del bus. Cuando dieron las dos de la tarde me comencé a preocupar porque el bus
nunca se había demorado en llegar. Luego de un rato fui a preguntar qué era lo
que pasaba y en eso vi a la miss Rosemary muy preocupada. En ese momento intuí
que algo andaba mal y era verdad. No había señales del bus y en mi grupo comenzamos
a especular de lo que pudo haber pasado. Empezamos a buscar responsables del problema pero me
di cuenta que de esa manera no íbamos a arreglar nada.
En
ese lapso durante la espera del bus, pude identificar que se formaban ciertas
facciones como la de los preocupados, los relajados, los inquietos, los
pasivos, los chistosos y los desesperados. Cuando dieron las 2:30 de la tarde, estaba
desesperada hasta más no poder. A cada rato me preguntaba: ¿por qué el bus se
demora tanto?, ¿por qué Piero no da señales de vida?, ¿qué va a ser de los
niños?, no quiero defraudarlos, ¿qué vamos a hacer? Me dije a mí misma que
Piero es incapaz de dejarnos a la deriva con este problema y que si no daba
ninguna señal era porque algo le había pasado o que estaba realmente ocupado; así
que traté de buscarle un sentido a lo que pasaba y me puse a pensar que esto
tal vez sucedió para que nos podamos fortalecer como comunidad, buscando
soluciones. Porque una familia no es familia verdadera si no tiene problemas y
creo que este hecho nos unió más como una comunidad que trabaja unida para solucionar
un problema.
Cuando
nos avisaron que iba a llegar el bus, me sentí aliviada porque ya íbamos a ir
con los niños. Nuestro salón accedió a darles nuestra hora de clase a los
chicos de 4° F que tenían una obra de teatro para los niños. No me pareció
justo porque yo quería darles clases a los niños pero no era lo que yo quería,
sino lo que los niños hubiesen querido y creo que se hubiesen divertido
bastante con la obra de teatro; así que acepté.
Cuando
llegó el bus casi las 3:30, subí lo más rápido que pude para no perder tiempo y
llegar lo más rápido posible a Llanavilla.
Al
llegar al colegio, todo era silencio. No había ni una sola alma. Me paré frente
al portón de entrada junto con los demás. Ya nos sentíamos avergonzados por la
tardanza y lo que me hizo sentir peor fue aquel letrero pegado en la puerta: “Mañana
sábado tenemos talleres. Asistir puntual de 2:00 a 4:00”
Ese
letrero fue el que me dio justo en el corazón. Me sentí molesta conmigo misma y fue mucho peor ya que al entrar al colegio, todo
el lugar estaba absolutamente vacío.
Vi cómo los chicos de 4° F que estaban tan entusiasmados por realizar la obra de teatro y como se les borró la sonrisa de
sus caras al ver que no había nadie. Me sentí culpable y me puse a pensar en la
cara de decepción que debieron haber tenido los niños al ver que no llegábamos.
El
viaje de regreso se hacía eterno. En el bus me puse a pensar y no dejaba de recordar
las palabras del letrero colgado en la puerta del colegio: “asistir PUNTUAL”. Nuestro
esfuerzo de enseñarles cosas buenas a los niños se vino abajo con estas
palabras. Les dimos un mal ejemplo. Además sabía que iba a ser muy difícil que
los niños volvieran a confiar en nosotros luego de aquel suceso. Me sentía afligida,
molesta, triste, avergonzada, culpable y la peor persona del mundo al
arruinarles el día a los niños de esta manera. No tenía razón para sentirme culpable
ya que Piero había coordinado la reservación de los buses con anticipación (hasta nos mandó una copia del mail que le envió a la
empresa de los buses) y al parecer fue un
error de la empresa, pero yo no dejaba de sentirme así.
Cuando
llegué a mi casa, reflexioné todo lo que había pasado aquel día. Concluí que buscar
culpables no es de gran ayuda en casos como este. Aprendí que debo dejar de
lado todos los prejuicios y plantear una solución porque esto me ayudará a
crecer también como persona. Además, si bien no habíamos podido dar nuestras
clases, crecimos como comunidad y fuimos capaces de mantenernos unidos y encontrar
soluciones ante este problema. Y sé que las cosas no suceden porque sí o por
simple casualidad, pasan por una razón; y la razón es que aprendamos a mejorar
como personas y como comunidad y que también permanezcamos juntos no sólo durante
las buenas experiencias sino también en las malas.
EXPERIENCIAS
DE CIUDAD DE DIOS
1. CONOCERSE, ACEPTARSE Y SUPERARSE: Reconocí mi defecto de buscar culpables
cada vez que se presenta un problema y lo superé junto a mi comunidad.
2.
LIDERA CON INSPIRACIÓN: Emprendí un nuevo desafío que es dejar de lado
todo prejuicio y puse en práctica una nueva habilidad de buscar soluciones
inmediatas a un problema repentino.
3.
ORGANIZA ACTIVIDADES: Aunque no se llevaron a cabo las clases, tuvimos
que coordinar 4° F para cederles nuestras horas de clase y ayudarlos a
organizar los implementos o el escenario de su obra de teatro.
4.
TRABAJA EN COMUNIDAD: Todo mi salón y 4° F trabajamos muy unidos para
hallar una solución al problema de los buses.



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